Durante años pasaba al bajar de casa al colegio por una tienda antigua de sellos de goma, placas impresas, letreros y cosas así. En el escaparate tenían varios modelos de placas para lápidas ovaladas de cerámica, las clásicas, con algún adorno y alguna inscripción sobre el muerto.

Mórbida adolescencia en que hasta hacía algún poema, (estilo Espronceda, todo hay que decirlo), el caso es acabéque encargando una placa esmaltada, la mía. Sin fecha claro. Era así;

Aquí yace Alfonso

Tus amigos que te han olvidado.

Creo que no le puse foto tampoco, a ver que pintaba allí en plan Brad Pitt cuando me tocase.

Para esa temrana edad ya tenía comprobado que los amigos van cambiando generalmente con el tiempo y las circunstancias y lo que ahora parece imperecedero no lo suele ser. Y al fin y al cabo era de la city, si hubiera vivido siempre en el mismo sitio en algún pueblo (para los catorce ya había conocido tres casas y barrios distintos) quizás hubiera cambiado algo, pero creo que no mucho. Estuve en el mismo colegio hasta que salí para la uni.

La placa se quedó en alguna de las casas en que he vivido, junto con los negativos de mi intento profesional de free lance, un primer plano de Carrillo metiéndose el dedo en la nariz en un mítin con La Pasionaria en Bilbao en la transición y otra de un gris apuntándome en plan Clint Estwood con su fusil lanzapelotas, esta era bastante buena, y el pelotazo no me dió por poco. Bah, no salió ni en “Combate”, la revista troskista de mis amigos de entonces, ellos eran troskistas, yo de agnóstico y un acratismo educado no he pasado.

Que morboso es el romanticismo.

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